Adoptar a Lisbeth Salander

Cubierta de 'Lo que no te mata te hace más fuerte'

La cuarta entrega de la saga ‘Millennium’

No cabe duda de que la nueva entrega de la saga Millennium, sólo por el hecho de ser concebida, será un éxito de ventas. De hecho, Lo que no te mata te hace más fuerte arranca con una tirada mundial de casi tres millones de ejemplares. En España, de la mano de Destino (en castellano) y Columna (en catalán), 250.000 ejemplares se pusieron ayer a la venta en las librerías. Pero no todas estas copias serán examinadas con la inocencia y la obsesión de la trilogía que le precede, escrita por el difunto Stieg Larsson: mucho antes de ver la luz, la crítica ha cuestionado la aparición de esta cuarta parte por ser otra pluma la que alargara las aventuras de la famosa Lisbeth Salander, la pluma del también sueco David Lagercrantz.

No son pocos los que ven tras este lanzamiento una pura maniobra mercantil (la editorial sueca puede salvar su pellejo gracias a esto), más que un gesto por continuar con el legado de Larsson, que nunca llegó a recoger el fruto de su trabajo. Sí lo hicieron en cambio su familia y Norstedts, la editorial sueca que lanzó la trilogía, los principales motores de esta nueva aventura de la saga. Al otro lado del ring se sitúa la ex compañera sentimental de Larsson, Eva Gabrielsson, que al no estar casada con el desaparecido escritor no consiguió que se le reconociera como heredera de los derechos del autor. Gabrielsson ya ha declarado que no piensa darle ni una oportunidad al hijo bastardo de Lagercrantz.

Sea como fuere, lo cierto es que Millennium 4 ya está al alcance de los lectores y que ha nacido para no pasar desapercibido. Su autor está convencido de que le lloverán feroces críticas por todos lados, pero también espera que aquél que haya echado de menos a Salander, Blomkvist y compañía encuentre en Lo que no te mata te hace más fuerte una manera de saciar su curiosidad por saber qué podría haber sido de ellos si Larsson no hubiese tenido tan fatal destino.

El reto es enorme. En una entrevista concedida a La Vanguardia, Lagercrantz se autodefine como «bastante esnob», un aristócrata que «miraba con desprecio los libros que tenían éxito». Se desvió del camino de rosas que su acomodada familia le ofrecía, se dedicó al periodismo sensacionalista durante años, y hasta hoy era conocido en Suecia por ser el “negro” de la autobiografía del exjugador del FC Barcelona y futbolista del PSG Zlatan Ibrahimovic (Yo soy Zlatan, a la venta en España el próximo mes de septiembre de la mano de Roca Editorial). Ahora se encuentra justo en la situación que él mismo observaba con recelo mientras disfrutaba con la literatura de Dostoievski. Hasta que Larsson se cruzó en su camino, claro, cuando volvió a padecer una «obsesión febril» ante la novela como la que el autor de Crimen y castigo le hizo sentir.

Adoptar a Lisbeth Salander es un reto en mayúsculas. Independientemente de los motivos reales que le hayan empujado a hacerlo, hay que reconocer su valentía. Lagercrantz puede pasar a ser el que destroce o el que resucite la saga de Millennium, no existe término medio. Quizás sin saberlo, el padrastro de Lisbeth tenga ya un gran apoyo para su causa. Mario Vargas Llosa pedía su inmortalidad en 2009 y su deseo se ha hecho realidad.

Redescubrir a Tolstói

diariodecultura.com.ar

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[…] Aunque, “hablando en frío”, las cosas que ocurren en Guerra y paz son terribles, dudo que alguien salga entristecido o pesimista luego de leerla. Por el contrario, la novela nos deja la sensación de que, pese a todo lo malo que hay en la vida, y a la abundancia de canallas y gentes viles que se salen con la suya, hechas las sumas y las restas, los buenos son más numerosos que los malvados, las ocasiones de goce y de serenidad mayores que las de amargura y odio y que, aunque no siempre sea evidente, la humanidad va dejando atrás, poco a poco, lo peor que ella arrastra, es decir, de una manera a menudo invisible, va mejorando y redimiéndose.

Mario Vargas Llosa, El País, 23 de agosto del 2015

Camus y la indiferencia

viento, esp

¿Qué esperar de la vida?

¿Qué esperar de la muerte?

La respuesta de Meursault, el protagonista de la primera novela de Albert Camus, es rotundamente la misma en ambas cuestiones: nada. La completa indiferencia arrastra a este joven a un amargo final, al que mirará una vez más con indiferencia, tras dejarse llevar por la vida como hojarasca durante un día de viento.

Ni la muerte de su madre, ni las declaradas intenciones de su amante de querer casarse con él, ni la posibilidad de progresar profesionalmente, parecen despertar nada en Meursault; es un auténtica pared en la que rebotan balones de felicidad y tristeza que trazan exactamente la misma trayectoria de regreso.

Sin convicciones, sin férreos valores a los que agarrarse, con pocos recuerdos y menos deseos; la vida del protagonista se encalla entre los pequeños dulces placeres de la rutina y la ausencia de éstos. Hojas del calendario sin arrugar ni garabatear, álbumes sin fotos, diarios sin recuerdos.

El Extranjero nos permite reflexionar sobre nuestro efímero paso por la vida, del que uno mismo debe encargarse de construir todo aquello que le identifica. El tiempo [y el viento] se llevarán lo demás.

¿Quienes somos?

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Vivimos en un mundo infestado de hipócritas. Hipócritas por la mañana, hipócritas por la tarde, hipócritas por la noche. Gente que se pavonea de ser algo que no es con la autenticidad como bandera. Figuramos sentir, pensar y actuar como auténticos desconocidos porque alguien nos ha convencido de que ellos son mejores que nosotros. Hablan mejor, pasean mejor, pintan mejor, recitan mejor, follan mejor. Resulta más gratificante ser la puta caña a cada hora del día que rebozarse en la asfixiante y deprimente rutina de una persona normal, en un lugar normal durante una semana normal. La vulgaridad, esa gran enemiga.

Porque dicen que o estás etiquetado, o estás muerto. Las etiquetas permiten a los demás ubicarnos, clasificarnos y estigmatizarnos. Pasamos como un rebaño a la velocidad de la luz por delante de los demás y la etiqueta cae sobre nosotros como un lastre con el que hay que convivir. Así que lo más inteligente es tomar un prejuicio y moldearlo a nuestro gusto y semejanza, con el fin de defendernos del dedo acusador y la mirada inquisitoria con una careta a medida. Y explotarla, exhibirla y recrearse con ella hasta confundirla con nuestro propio rostro, nuestra verdadera identidad.

Somos monstruos fabricados por las modas, re-programados por las redes sociales y adulterados por el pavor de no existir. ¿Qué papel juega aquí la verdadera esencia de la persona? Nuestra mente nos dice una cosa pero el mundo gira tan deprisa que nos quedamos sin tiempo para pararnos a escuchar qué decimos, hasta que dejamos de darle importancia. Porque, en definitiva, de nada sirve qué pensamos de nosotros mismos, sino lo que piensan los demás. Nos examinamos a diario a la evaluación de nuestro entorno arrinconando nuestro corazón, que ha pasado de ser nuestra brújula a un simple emoticono.

Escribir

foto(1)Escribir puede suponer un sacrificio para un quinceañero inquieto que mira a través de la ventana mientras le explican no sé qué de un siglo de oro, sumergido en sus incómodos pensamientos entre los que intenta descifrar las primeras palabras que toma en serio de una chica; recuenta las pagas que le faltan para alcanzar el dinero que necesita para cambiarle las ruedas a su monopatín y sueña en el día en que no tenga que fichar a las diez en punto en casa de sus “viejos”.

Escribir es, para esa joven abrumada con la continua novedad, una manera de descubrirse a sí misma, de ser escuchada e intentar ser comprendida por ese diario privado, encadenado, sobre el que se desahoga cada noche acompañando el ritual con un baño de lágrimas del que muchas veces desconoce los motivos; un alivio de luto cada vez que siente que su corta vida ha llegado a su fin; una amiga y confidente las noches en las que cree volar por encima de las nubes cuando descubre que la vida también puede reservarle muchas sonrisas.
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Nueve años y una lección

¡Alerta Spoilers! Si todavía no has visto el final de ‘Cómo conocí a vuestra madre’, no sigas leyendo. O sí, pero ante un juez constará que te he avisado.

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Nueve años dan para mucho. Nueve temporadas, depende de cómo. La última de How i meet your mother, concretamente, ha recibido merecidas críticas porque a los seguidores de la serie nos ha dado la sensación de que estaban alargando la historia innecesariamente, only for cash, sin aportar lo suficiente para lo que merece una season finale de una serie con tanto éxito. Sin embargo, todo pecado obtiene su redención con un poco de buena fe. Los últimos dos capítulos, en mi humilde opinión, bien han merecido la espera a pesar de los infumables episodios de relleno. Tal cual como la vida misma, en la que hay días que es mejor ni levantarse.

La conclusión de la serie me ha dejado un buen sabor de boca. Las piezas encajan, no a la perfección pero ¿qué cosa en la vida lo es? El mayor acierto, para mí, es que han equilibrado la balanza lo suficiente para convertir el argumento en algo verosímil, una tragicomedia en definitiva digna de una sitcom que narra la vida de unos jóvenes que tienen como principal objetivo el mismo que compartimos tantos millones de personas y que hace que nos identifiquemos automáticamente: intentar disfrutar al máximo siendo felices. Pero hay más.

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Sin cantera no hay futuro

Este miércoles asistí a una charla enmarcada en una nueva edición de BCNegra, en la que participaron Pere Rusiñol (Mongolia), José Sanclemente (El Diario.es) y Maruja Torres (exEl País) bajo la pregunta ¿Quién ha asesinado el periodismo? Una conversación moderada por Ignacio Escolar (El Diario.es) más destructiva que constructiva, todo sea dicho, un reflejo del presente del sector. La idea era colocar bajo el foco al asesino, un poder financiero y político que, también con la estimable ayuda del lector, ha dejado al periodismo quizás no cadáver, pero sí con una herida que le costará cicatrizar.

Llevo unos cuantos años asistiendo a este tipo de charlas sobre el presente y el futuro del periodismo y, desgraciadamente, cada vez salgo más decepcionado por lo que escucho. No me malinterpreten, siempre resulta interesante escuchar lo que alguien curtido en la profesión tiene que decir al respecto, pero intuyo que su supuesta preocupación no es en absoluto comparable con la que tenemos todos los periodistas que con la crisis hemos visto cómo se cerraban tantas y tantas puertas de nuestra profesión. Apenas estábamos iniciándonos en este mundo y ¡zas! Persiana abajo. ¿Cómo es posible que exista esperanza para un periodismo libre si no hay una buena cantera de periodistas?

Y no la hay porque el presente periodístico está herido de muerte, o más bien el modelo de negocio que hasta hace poco había permitido, al menos, crecer en el oficio. En la actualidad, los grandes medios están reservados para unos pocos (mayormente, los de siempre) y los nuevos medios están copados por ex de grandes medios capaces, gracias a su experiencia previa y contactos, de crear nuevas plataformas en las que poder seguir manteniéndose en el alambre hasta que encuentren un destino mejor. Pero, ¿y la base? ¿Qué pasa con los miles de licenciados en Periodismo que hay cada año, con los miles y miles de periodistas que están en el paro, trabajando en cualquier otro sector para subsistir y sin poder ir mejorando y creciendo en una profesión en la que es básico el día a día?

No me he considerado nunca una persona pesimista, pero la situación actual es grave, no existen oportunidades y las hojas del calendario siguen consumiéndose. Y para muchos periodistas, aquel futuro prometedor se ha convertido en una pesadilla.