Hasta que la vocación aguante

[Hoy ha aparecido la lista de los 30 periodistas más influyentes en Twitter del mes de febrero. Me viene al pelo para presentar una pequeña reflexión que tenía escrita sobre la actualidad de nuestra profesión.]

A pesar de que mi memoria me traiciona a menudo, recuerdo con claridad porqué quería ser periodista. Lo supe cuando era insultantemente joven. Envidiaba a aquellos que aparecían en la televisión, a aquellos que escuchaba por la radio, que un día estaban allí y al siguiente allá, una jornada contando una cosa y a la siguiente otra. Con el tiempo comprendí que los periodistas no somos los más inteligentes de este mundo –ni por asomo- pero sí los más curiosos. Nos pesa la resignación y nos motiva la interrogación. En realidad nos retroalimentamos de nuestra bendita ignorancia, y en cierto modo somos necesarios gracias a la ignorancia de los demás.

Esto es, claro, cómo imaginaba antes que era el periodismo y cómo creía que era un periodista. Ahora sé –empiezo a saber- que la información es un valor devaluado por un error frecuente de creer que todo lo sabemos, que todo está a nuestro alcance. Hoy en día, al alcance de nuestro teléfono móvil, nuestro ordenador, nuestra tablet. El actual periodista es aquel que ha evolucionado al pasar de descolgar el teléfono y marcar decenas de números para corroborar una noticia o dar con la propia fuente, de coger libreta y bolígrafo y cruzarse la ciudad para empaparse de la noticia in situ;  a conformarse con leer lo mismo en cinco o seis tweets para dar por evidente la veracidad de un hecho. Una transformación que también ha adoptado el consumidor bajo el manto de la ley del mínimo esfuerzo. Si tu haces poco por informarme, yo haré menos por saber. La postura la han leído e interpretado a las mil maravillas los gestores de los medios de comunicación (sí, los que anteponen la pasta a la calidad), con la que justifican que hoy se dé más valor a conocer lo que es el trending topic, los hashtag y los replies que a saber utilizar los ladillos, los titulares y el corrector de textos [suena básico pero, por lo visto, se está olvidando].

Lo que hoy impera son medios de comunicación volcados a hacer negocio utilizando todo tipo de fórmulas que degeneran la profesión del periodista, poniendo en entredicho su necesidad y devaluando la calidad de sus contenidos anteponiendo la cantidad y la rapidez. El conocido quiero esto, esto y esto y lo quiero ya. El periodismo está abocado a la producción en cadena y en la bandeja se nos exige servir un producto bueno, bonito y barato, además de ofrecerlo masticado y lo más rápido posible. Un asco, vamos.

Esta revolución viene marcada por la actividad empresarial que empaña cada vez más la labor del periodista, y también por la educación que les hemos dado a los demandantes de información sobre nuestro propio trabajo. Hoy la percepción que tiene la sociedad de un periodista es más cercana a la de un charcutero que a la de un artesano. Las noticias se venden al peso, en múltiples ocasiones sin elaborar (muy lejos de la “información rigurosa, edición inteligente y redacción elegante” que configuran los valores de The New York Times según su nueva directora, Jill Abramson) y hemos acostumbrado a que, por lo general, nuestro producto final sea lo que antes sólo era materia prima. En un mundo en el que no hay tiempo para el análisis y en el que los rumores, las noticias extravagantes y los vídeos de primera lideran el ranking de interés del público general; es evidente que la concepción del periodismo sufre un traumático cambio por el que muchos acabarán muriendo antes de llegar a adaptarse.

Algunos lo harán por la negación de vender nuestros valores y resignarse a pensar que lo que llegó a ser un arte y pasó a ser un oficio ahora simplemente sea un trabajo más. Para mí todavía no lo es, pero va camino de serlo. Por suerte, aún nos queda esa fantástica palabra que no en pocas ocasiones sirve de excusa para justificar las pésimas condiciones de trabajo, las horas de más en la redacción, la inevitable convivencia entre la vida personal y la profesional que nunca nos permite desconectar del todo. Esa vocación que nos llevó a ser lo que somos y la que nos evita tirar la toalla cuando el desenlace del combate se antoja tan cerca. Por eso todavía existe esperanza y por eso no puede ser periodista cualquiera.

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