El espíritu equivocado

El espíritu Juanito, sólo presente en la grada. EFE / Alberto Martín.

Apuntaba a noche épica en el Santiago Bernabéu pero ésta se marchó hacia las nubes de Madrid con el penalti que Sergio Ramos erró, pero para llegar a esto se combinaron un múltiplo de factores que provocaron el desenlace que hizo saltar la banca en las casas de apuestas. El Bayern de Múnich, otro justo finalista, sesgó el sueño de la Décima y de paso aleccionó a toda aquella legión de tribuneros y forofos que en septiembre colocaban a Barça y Madrid en la final que se jugará en el Allianz Arena, sin su presencia.

El madridismo convocó el espíritu de Juanito, el de las noches de gloria y de remontadas en el feudo blanco. Arengó a los suyos y respondió a las peticiones de jugadores y técnicos, que demandaron un ambiente hostil para el rival; electrizante y motivador para el local. Pero fue el equipo y el propio Mourinho quienes se olvidaron del significado de la noche y explotaron el nombre del andaluz en vano. Los 90 minutos fueron largos en el Bernabéu sí, pero no para beneficio propio sino en detrimento de su fe. Al Madrid le sobraron 70 (más la prórroga y los consiguientes penaltis), y lanzó por la borda toda invocación, sólo existente en la grada.

El Madrid ha cavado su propio acceso hacia el infierno pecando en cada partido desde que empezó la temporada. Se ha hinchado a hacer goles, debatiéndose entre la avaricia y la gula, para finalmente quedar saciado en el peor momento y volviendo a pecar, erigiéndose en el minuto 14 como un soberbio finalista, sin dejar que el cronómetro fuera el orador. Con el 2-0 se vio en Múnich, olvidándose precisamente de la longitud del tiempo que él mismo le había recordado al Bayern antes de viajar a Madrid.

Encabezó Juanito la velada, pero la estrategia de Mourinho y el carácter de los jugadores le dieron la espalda a la propia arenga. No fue el Real Madrid el que mandó, ni el que intimidó, ni mucho menos el que declinó la balanza en una noche que era lo que exigía, precisamente. Salió el Madrid en tromba pero con el 2-0 se esfumó. Olvidó que delante tenía rival, que el cronómetro no corría en su favor sino en contra, y desgastó todos los recursos especulando con un marcador que a los pocos minutos ya no le servía, que le volvía a exigir otra remontada.

Desorden y cambios tarde
Fue entonces cuando relucieron las carencias de un equipo sin dibujo, propulsado por la velocidad y la eficacia de su tridente y asegurado por la contundencia de su retaguardia. No fue el mejor partido de ninguna de las dos líneas, y a falta de una en el medio del campo, se dedicó a achicar problemas y probar fortuna. Y para un equipo con 9 copas de Europa que quiere estar en la final, se espera más ambición, un plan y una solución por si la situación se afea.

No consideró Mourinho que la noche se estuviera nublando, y por eso optó antes en colocar a Kaká en el campo que a Granero. Pensó en la prórroga introduciendo al brasileño en el 75, creyendo que el partido se rompería definitivamente por el desgaste y que Kaká encontraría el espacio suficiente para contragolpear a galope. Se equivocó, porque ni el carioca está para esos trotes ni el Bayern perdió su orden en ningún momento. Algo que sí encontró el Madrid con la entrada de Granero, en el 111. Tarde, demasiado tarde.

Cristiano Ronaldo marcó un penalti, pero falló otro todavía más importante. EFE / Alberto Martín.

No es tanta lotería
Cristiano falló en la tanda de penaltis cambiando de lado su lanzamiento. Kaká puso el broche a su fatídica noche con un disparo comedido y sin fe. Y Mourinho volvió a cometer un error haciendo que fuera Sergio Ramos el encargado de lanzar el cuarto penalti, cuando pudo darle la responsabilidad a Granero o Higuaín, más experimentados en la materia. La suerte estaba echada pero la lista es responsabilidad del técnico, como la decisión y la ejecución es de los lanzadores. En eso también acertó Heynckes, concediéndole el primer disparo a un joven pero seguro Alaba.

Invocó el Madrid al espíritu equivocado, pese a que la grada le recordó durante toda la noche qué esperaba de él. Le pidió empuje y el equipo ofreció miedo. Le pidió dominar y el equipo entregó el balón. Le pidió un tercer gol y el equipo miró el cronómetro y esperó. Y al final los 90 minutos se transformaron en 120 y ahora la espera será larga hasta volver a tener una ocasión tan propicia para agarrar un asa de la Décima.

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