Navego, luego recomiendo (II)

Con dos cojones. Con estas tres palabrejas describiría yo esta fotografía, publicada por el propio Lance Armstrong en su Twitter personal. El ciclista tejano dejó a varios con la palabra en la boca tras subir esta panorámica acompañada por el mensaje “Back in Austin and just layin’ around…“, pocos días después de conocerse la noticia sobre la retirada de sus siete Tour de Francia por parte de la UCI.

Quizás el Juan Palomo del ciclismo quiso dirigirse a sus detractores a través de algo tan gráfico como esta fotografía, los mismos a los que no ha soltado prenda y ante los que no se ha defendido de las acusaciones de dopaje. Una segunda lectura es que quizás el americano haya querido emular a su compatriota, Barack Obama, enviando un tweet que diera la vuelta al mundo a través de las redes sociales. Buen intento, Lance, pero tus 10.893 retweets y los 3.863 favoritos no se acercan a las cifras del renovado presidente. Es más, un mensaje tan banal como el lanzado por Justin Bieber el pasado 13 de noviembre te superó de forma aplastante.

Creo estar de acuerdo conmigo mismo en que, piense lo que piense la UCI, los diarios deportivos y la Wikipedia, Lance Armstrong ha marcado una era antes y después de este tweet, tan soberbio como inocente, tan autocomplaciente como pendenciero; tan lejos de esa imagen de sacrificio, sobreesfuerzo y amor por un deporte que al final acaba hablando por sí solo. Si después de todo lo único que le importa es auto admirarse por una gesta que consiguió con unos métodos cubiertos de una nube que difícilmente se va a disipar, más bien espesar, quizás sí merece que el ciclismo le dé la espalda porque más vale quedar hoy con gana, que estar enfermo mañana.

Supongo que a Armstrong nunca le robaron la bici, al menos una vez que comenzó a ser profesional, pero a quien sí se la usurparon fue al protagonista de la siguiente recomendación, el Robin Hood de las dos ruedas, un tipo que aprovecha la volatilidad de Internet para explicar y denunciar bajo el anonimato un hurto y un posterior hurto compensatorio con intimidación y alevosía. Un relato que nos anima a tomarnos la justicia por nuestra mano, aunque de pequeños hayamos sido adoctrinados con la máxima de “hijo, si el Jona te roba en el patio el bocadillo y te da un empujón, no te revuelvas, vete y cuéntaselo a la profesora“, aunque al día siguiente tu castigo por haber utilizado el poder judicial fuese el de robo del bocadillo con empujón y patada voladora, dame esa peonza que llevas en la otra mano y ahora vete de aquí con los calzones en la cabeza gritando que llega el fin del mundo, que se ha hecho oscuro y huele a azufre.

Por esto, para evitar los hurtos y para que el niño no llegue a casa con los labios de la Camacho de algún mamporro en el mentón, algunos ya se plantean la imperiosa necesidad de cortar de raíz el asunto de la reproducción humana.

Quien se reproducía hace diez o veinte años, pecaba de imprudente o despistado. Quien se haya reproducido desde el año 2010 es un monstruo vengativo que quiere desquitarse con un inocente. Y quien se reproduzca en los próximos años es simplemente un psicópata sin escrúpulos o un esclavo de Generatriz totalmente hipnotizado que hace bueno el refrán ‘si un ciego guía a otro ciego, ambos tienen un hijo’.

Es un pequeño fragmento de esta reflexión de Enrique Rubio, autor de Tengo una pistola (Booket, 2009) y Tania con i. 56ª Edición (Destino, 2011). Y ya que no vamos a tener descendencia, para qué intentar luchar por un futuro mejor, qué digo mejor, un futuro, si no habrá más futuro que aquél en el que nos plantemos en el último día de nuestra existencia, ese mismo en el que te pasa toda tu vida por delante como un largometraje pero de dos segundos; y para eso tampoco hace falta trabajar tanto, total, sólo es necesario saber cómo funciona lo de inspirar y espirar, un poco de conocimientos de locomoción para ir de casa al Inem y del Inem al bar y unas nociones de corrupción, nivel básico para el que quiera tomarse cuatro cañas al precio de dos y nivel avanzado para el que desee ser infante y tener una casa de seis millones de euros. Total, cuatro lecciones a tiempo parcial, que todos hemos aprendido esta semana que no hace falta estudiar economía.

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