Me preocupa Catalunya

A pocos días de las elecciones al Parlament de Catalunya, tengo la sensación de que los principales candidatos todavía tienen mucho que decir pero que no lo dirán, que en esta campaña hay muchas cosas de las que no se habla y que es lo que más preocupa y afecta a los ciudadanos de esta mi Comunidad. En efecto, como dice Artur Mas, “el pueblo habló el pasado 11 de septiembre con una manifestación multitudinaria” pero su error es cobijarse en el mensaje de ese día para tapar otras tantas voces, tan o más multitudinarias que las primeras, a las que parece no dar tanta importancia. La sonata independentista suena más alto que nunca y el President se ha subido a la cresta de la ola en plan suicida, o todo o nada, antes de caer vapuleado de su escaño por el propio peso de las políticas antisociales que ha llevado a cabo en los dos últimos años.

Me preocupa lo lejos que están los principales candidatos a presidir Catalunya en los próximos cuatro años de los ciudadanos, por mucho que se empeñen en argumentar que es el pueblo el que manda y el que decide. Me preocupa que el futuro de Catalunya para los próximos cuatro años, que será la estela del período más complicado y convulso de las últimas décadas, se centre en discursos partidistas sobre la identidad del pueblo catalán, algo que no es nuevo del pasado 11 de septiembre sino que tiene siglos de historia, con sus escasas victorias y sus muchas derrotas, pero que siempre ha tenido la secuela del enfrentamiento y la enorme capacidad de desviar la atención de los verdaderos problemas de la calle.

Un servidor, hijo de charnego, madre catalana y familia emigrante andaluza a esta bella tierra que es Catalunya, tiene categóricamente cristalino que la identidad catalana no se puede negar, y que éste pueblo tiene todo el derecho del mundo a decidir si el día de mañana quiere independizarse de España y formar un nuevo estado dentro de la Unión Europea. Es imposible obviar que mantenemos un vínculo con España de siglos de historia, pero chapeau para aquellos que decidan seguir sus propios pasos al margen de sus vecinos, de romper el cordón umbilical y gozar del derecho a decidir libre y democráticamente el futuro de una mayoría que no se siente identificada con otra mayoría.

Pero me preocupa realmente que éste, en 2012 y en mitad de la peor crisis de la democracia española, sea verdaderamente el problema y las soluciones que plantean los diferentes partidos políticos sean realmente la panacea. El discurso que tienen los candidatos de los principales partidos políticos a la presidencia de la Generalitat respecto a los problemas reales del ciudadano no es, ni por asomo, el que cualquiera podría esperar de alguien del que dependerá su futuro de los próximos cuatro años. Al menos mis expectativas no las cumplen.

Llevamos desde 2010 escuchando la bonita frase que a todo político se le llena la boca al pronunciar: “vamos a crear empleo”. Y desde 2010 llevamos viendo como las cifras del paro siguen creciendo sin aliento ni síntoma de voltear su rumbo. La cruda realidad es que, como siempre, es el ciudadano el que se tiene que sacar a sí mismo de la compleja situación, haciendo malabares económicas en casa, obligado a prescindir de lo imprescindible, expuesto a abandonar lo que siempre le ha rodeado para marcharse lejos y buscar un futuro incierto y lleno de dudas en otro país.

La realidad es que es la política la que depende de nosotros, pero no somos nosotros los que llevamos el mando. A nosotros únicamente nos dejan apretar un botón cada cuatro años, y utilizan nuestra voz sólo cuando quieren y en su beneficio propio. Son inconscientes de que hablamos cada día, que reclamamos nuestros derechos a diario, que sollozamos ante las injusticias los 365 días del año, pero nuestra voz suena para ellos como un leve silbido lejano, que interpretan a su manera y que gestionan, en el mejor de los casos, tarde.

Porque la cruda realidad es que quizás para muchos ya sea tarde, no lleguemos a tiempo de recoger los frutos de lo que hemos sembrado y lo que sembraron nuestros padres y abuelos por nosotros. Quizás sea tarde incluso para aquellos que todavía no han llegado, porque quizás muchos ni lleguen. Porque lo que a mí me enseña el día a día es que estamos solos, desamparados ante un vendaval descontrolado que se nos ha venido y se nos viene encima por culpa de la gestión de unos pocos que andan muy lejos de nuestra perspectiva, y a quienes no importamos absolutamente nada. Que nuestro camino lo seguiremos construyendo gracias a nuestro propio esfuerzo, a la solidaridad entre nosotros, y no gracias al partido político que gobierne y al color de la bandera que enarbole.

Sin embargo, el próximo 25 de noviembre acudiré, como siempre he hecho desde que he tenido el derecho, a las urnas. Con una decisión arriesgada, con una alternativa o con la opción de siempre, pero acudiré en pos de la democracia y a no dejar perder la única ocasión que me permiten en ejercerla. Acudiré a sabiendas de que el próximo President de la Generalitat difícilmente me representará porque no se aproximará a la idea de cómo es mi vida ni mucho menos de cómo es la de aquellos que están en peor situación que yo. Pero acudiré, quizás algo inconsciente, creyendo que todavía existen personas honestas y trabajadoras que un día decidieron ser políticos con el objetivo de hacerle la vida más fácil posible a sus vecinos.

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