Las elecciones de Catalunya, a examen

Comparativa de los resultados de las elecciones al Parlament de Catalunya de 2012 y 2010. Clic para ampliar.
© Generalitat de Catalunya

Es evidente que no soy un erudito de la política ni lo pretendo, pero después de los resultados de las elecciones al Parlament de Catalunya 2012 a uno le quedan ganas de escribir cuatro cosas. Aunque solo sea por alargar la “fiesta de la democracia” algunas horas más.

Para empezar, quisiera destacar algo que al menos a mí me sigue pareciendo algo en lo que pararse a pensar en pleno siglo XXI. Todos los representantes políticos coincidieron en una cosa anoche, congratulándose y felicitando a la población por el casi 70% de participación en estas elecciones. Bien, pues yo quisiera matizar que, aunque ha sido el mayor índice de participación de unas elecciones autonómicas en Catalunya, sigue habiendo un 30% de votantes que no han ejercido su derecho, por unos motivos u otros. Como derecho, lógicamente, es una opción y no una obligación. Sin embargo, que 1.600.510 personas (qué curiosidad, por cifras similares se han convocado unas elecciones anticipadas) no hayan manifestado su parecer en las urnas me sigue chocando, ustedes perdonen. Siempre, repito siempre, hay una alternativa mejor que la abstención. Sigo.

En segundo término, para proseguir con el texto con algo de guasa, sigo alucinando con los discursos post-elecciones de los políticos. Son como cuando aparecen los datos de la audiencia y el EGM, ¡todos ganan y crecen! Pero en política no se ganan adeptos, sino que se pierden votantes. Porque recuperar éstos es tarea más ardua que atraer nuevos. Artur Mas ha ganado las elecciones, correcto. No seré yo quien desacredite esta realidad. Sin embargo, la “excepcionalidad” de los comicios requiere una lectura excepcional. Y para mí que “la veu del poble” le ha dicho al President de la Generalitat que sí, que el país quiere seguir el camino hacia Ítaca, pero no con el Moisés de los brazos alargados como único líder. El nacionalismo es el vencedor, pero no el nacionalismo que nos quiere vender Convergència i Unió.

En este punto, además, quisiera añadir una grata sorpresa que me iba llevando a medida que se escrutaba la totalidad de las papeletas. Los catalanes han avalado los recortes de los últimos dos años de Mas y sus pactos con el PP en el Gobierno de España, pero no tanto. Los resultados muestran además del triunfo del nacionalismo un reproche a las políticas restrictivas del líder convergente, lectura excepcional que debería también hacer Artur Mas.

Recuperada parcialmente la confianza en el pueblo, quisiera también pensar que el discurso tanto de Partido Popular como de Ciutadans, al que se suman y enarbolan varios medios de comunicación, no se lo cree nadie. Afirmar de forma tan rotunda como Camacho y Rivera hacen que tras estas elecciones el nacionalismo pierde fuerza y que Catalunya rechaza la escisión con España es el ridículo más alarmante que he visto desde los enésimos intentos de Tomás Roncero de convencernos de la existencia del “Villarato”. Seamos serios y dejemos de intentar colocar anteojeras a diestro y siniestro que no nos chupamos el dedo, no al menos hasta el nudillo.

Si alguien tiene algo que celebrar es Oriol Junqueras, líder de Esquerra Republicana de Catalunya. La nueva segunda fuerza es la verdadera ganadora de las elecciones, aunque Mas no sepa ver la excepcionalidad de este triunfo. Aunque de hecho, la voz al que le reclamaba una mayoría absoluta –otra palabra tabú para CiU, como independencia- le ha contestado con un rotundo revés por el que le obliga a dialogar para construir el camino hacia el estado propio. Así que Catalunya le ha devuelto la confianza para este proceso al partido que siempre ha defendido este discurso, sin moverse un ápice de su convicción, lo que le ha provocado altibajos en los últimos años hasta situarlo en el actual punto. Y ahora a Artur Mas se le plantea un serio problema. Si pacta con ERC para poder gobernar, el partido de Junqueras pondrá como condición que la consulta se celebre YA, a más tardar. Y dudo que esa urgencia entrara en el calendario del líder de CiU.

Y luego está el Partit Socialista de Catalunya. Que al descalabro lo esperaban con los brazos abiertos es una obviedad, pero auguraban quedarse sin dientes en el intento y todavía han salido con los de arriba intactos y con seguro médico. Pere Navarro tiene una misión tremebunda para los próximos cuatro años: disponer al PSC de un discurso político que no tiene, limar asperezas internas y con el PSOE y devolver la confianza al votante socialista, fiel a sus ideas, pero no tanto en las urnas. También debería explicar con pies de plomo pero alto y claro en qué consiste ese federalismo que apadrina, que aunque se encuentre en la raíz del partido todavía hay gente –ahora aún más- que no lo reconoce en su vocabulario. Vamos, que tiene un marrón de aúpa.

ICV y la emergente CUP han mejorado sus resultados de los últimos comicios, ambas con tres escaños ganados, que para la Candidatura d’Unitat Popular Alternativa d’Esquerres significa una tarjeta de acceso al Parlament en su primera participación. Es de celebrar siempre tras unas elecciones la adhesión de más voces a la cámara, aunque en este caso sea por la caída de Solidaritat Catalana per la Independència. Ejem sí, en efecto, la bienvenida de la CUP es un motivo de celebración. Darán guerra e inyectarán política ciudadana a las aburridas sesiones parlamentarias. Mientras tanto, Joan Herrera y compañía siguen siendo ese niño regordete y gracioso al que todo el mundo le cae simpático en el colegio, pero al que escogen siempre de los últimos para un caótico partido de fútbol escolar. Admiro a Herrera y a su partido por la constancia, la lucha por los derechos sociales y la reivindicación constante por una vida más fácil para el ciudadano. Pero le falta en su discurso ese verano político con final romántico y apasionado que te hace volver a la gran ciudad con una sensación de madurez inquebrantable. De esos en los que nos parecía que nos crecía pelo del grueso en la barba (solo a los hombres, espero).

¿Y ahora qué? Se pregunta Catalunya y una gran parte de los españoles. Pues ahora deprisa y corriendo a investir al President y a intentar aprobar unos presupuestos que gracias a la Navidad podrán pasar de puntillas por la opinión pública. ¿Y para cuándo la independencia?, demandan muchos. Tranquilos, intuyo, porque este proceso será más largo y dará más vueltas que el enredo paisajístico que forman el Dragon Khan y el Shambhala juntos. Quizás lo comentemos más adelante, si os parece.

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