Una sociedad anestesiada

Hace poco me preguntaron qué informativo de televisión veía. La persona que me lo preguntó, una buena amiga con el sentido crítico bastante desarrollado, acompañó la cuestión con un reproche cargado de indignación hacia los medios de comunicación actuales y a su forma de contarnos la realidad. No pude hacer más que darle la razón y añadir que mi elección es el informativo de TVE, previo paso por la información radiofónica. Y sin embargo, maticé, no es la mejor elección puesto que la televisión pública de hoy viene también decepcionando con muchas de las decisiones tomadas -supuestamente- por el consejo de redacción. Como muestra, un ejemplo que hemos podido ver en los últimos días.

Dos versiones diferentes de un mismo hecho en los informativos de RTVE.

Dos versiones diferentes de un mismo hecho en los informativos de RTVE.

Me vino como anillo al dedo averiguar que Rosa Maria Calaf, experiodista de RTVE, concediera una conferencia el pasado lunes en la biblioteca Ignaci Iglésias-Can Fabra de Barcelona bajo el título Interpretar los medios con sentido crítico. Durante su exposición, nos hizo entender a los presentes que la manipulación informativa y la desinformación no es exclusividad de las dictaduras como la de Corea del Norte, o de las democracias disfrazadas como Filipinas. Existen casos de manipulación en los países occidentales, casos tan graves que la sociedad hemos asumido como reales cuando no lo son. En el ejemplo que os pongo a continuación, la mano negra de la manipulación es un Gobierno, pero su mensajero fueron los medios de comunicación occidentales que dieron por buena la versión oficial de Estados Unidos.

Info-intoxicación
Eufemismos como “intervención”, “co-pago”, “reforma laboral” y una infinidad de ellos más forman parte de la receta diaria de los medios de comunicación, tanto de un color como de otro. Y esto es otro tema que se le puede dar de comer a parte, el cómo hemos aceptado en la sociedad actual que según la cabecera que escojamos nos contará las cosas de una manera u otra.

Rosa Maria Calaf quiso brindarnos también la oportunidad de recordar unas palabras que Ignacio Ramonet, director de la edición española de Le Monde Diplomatique, escribió en 1995 en la primera editorial de este mensual bajo el título Informarse cuesta y que yo reproduzco parcialmente para continuar con el asunto que nos concierne.

[…] “Muchos ciudadanos estiman que, confortablemente instalados en el sofá de su salón, mirando en la pequeña pantalla una sensacional cascada de acontecimientos a base de imágenes fuertes, violentas y espectaculares, pueden informarse con seriedad. Error mayúsculo. Por tres razones: la primera, porque el periodismo televisivo, estructurado como una ficción, no está hecho para informar sino para distraer; en segundo lugar, porque la sucesión rápida de noticias breves y fragmentadas (una veintena por cada telediario), produce un doble efecto negativo de sobre-información y desinformación; y, finalmente, porque querer informarse sin esfuerzo es una ilusión más acorde con el mito publicitario que con la movilización al que el ciudadano adquiere el derecho a participar inteligentemente en la vida democrática”.

Info-entretenimiento
Esta reflexión de Ramonet nos lleva a pensar en si realmente vivimos en una sociedad informada o desinformada, en si la abrumadora actualidad que nos arrolla, impidiéndonos tomarnos nuestro tiempo para meditar, nos acaba por sumir a todos en un estado de indigestión crónica que languidece nuestro espíritu crítico y nos expone a asumir ese pensamiento único, acuñado por Arthur Schopenhauer y reintroducido también por el periodista y escritor gallego.

Lo que nos conduce a hacernos la siguiente pregunta: ¿Son los informativos un programa de información o de entretenimiento? Personalmente, cada vez apuesto más por la segunda opción, visto el criterio que siguen muchos de los informativos que hoy podemos ver para intentar resumir la actualidad, como si ésta fuera posible reducirse a una escaleta de media hora o tres cuartos de duración. ¿Por qué tratar un tema y omitir otro? ¿Por qué conceder más tiempo a una información y menos a otra? Cuando alguno de los argumentos con los que podemos responder estas preguntas hablan de “falta o presencia de imágenes” el término entretenimiento toma fuerza.

Info-anestesia
Según el diccionario de la Real Academia Española de la lengua, la anestesia es aquella “falta o privación general o parcial de la sensibilidad, ya por efecto de un padecimiento, ya artificialmente producida”. Esta cascada incesante de información que difícilmente podemos masticar, tragar y digerir con cierto sentido crítico debido a la velocidad con la que se mueve nuestro mundo es lo que yo llamo info-anestesia, si bien no quisiera apoderarme del concepto aunque también es cierto que no he sido capaz de encontrarlo en otro lugar. En la sociedad en la que hoy vivimos, cargada de opciones en la palma de nuestra mano que nos enlazan a la actualidad, es tarea engorrosa sacar una conclusión ligeramente acertada de la realidad sin volverte loco.

Los medios de comunicación nos golpean por todos lados y a todas horas con una ráfaga imparable de noticias que con el paso del tiempo nos han dejado atontados, casi insensibles a la dureza de la realidad, como si hubiéramos construido un escudo con el que amortiguar el leñazo que nos damos contra la actualidad. Pasamos de casos de corrupción a la violencia doméstica, de accidentes desafortunados a asesinatos despiadados, de críticas voraces a engaños de gran envergadura casi sin pestañear; en muchas ocasiones impasibles delante del televisor o al lado del transistor, como si nos estuvieran contando una novela en lugar de la realidad.

La información es un derecho
Es misión del ciudadano hacer un esfuerzo para entender dónde estamos y hacia dónde vamos. Y es obligación de los medios de comunicación abandonar la guerra por la audiencia y poner el acento en la calidad de los contenidos, ajustándolos a la veracidad sin matices y dejar de examinar cada información bajo el filtro de los partidos políticos y los intereses empresariales. El periodismo se muere dejando paso a una producción audiovisual donde los números son más importantes que las fuentes, la inmediatez tiene más valor que el rigor y el afán por el liderazgo y la notoriedad prima ante el respeto a la intimidad y el uso de métodos dignos para obtener la información.

Claro que es difícil cambiar esta dinámica lucrativa pero está en nuestras manos, tanto en las de los ciudadanos como en las de los profesionales de la comunicación, el poder modificarla. No podemos olvidar que la información es un derecho de todos y que es uno de los pilares de cualquier democracia. Ni los ciudadanos podemos seguir colaborando en que sigan existiendo altavoces de los partidos políticos y las empresas; ni los periodistas podemos seguir tolerando que nos utilicen para ser los portavoces de los mismos. Conocer nuestro mundo es tarea de todos.

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