Coleccionando cerraduras oxidadas

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Las mudanzas implican cambios. Los cambios son positivos, sostienen algunos. Los cambios incomodan y exhuman inestabilidad, argumentan otros. Acabo de dar por finiquitada mi cuarta mudanza en los últimos tres años. No sé si habré conseguido deshacerme de toda esa estela de vida que te acompaña allá donde te muevas y que alguna vez tienes que meter en una caja, sellarla y dejarla atrás, pero si algo está claro es que las cosas han cambiado en el último trienio. No necesariamente he tenido que cambiar yo, mis compañías o mi entorno; igualmente no soy de los que echa la vista atrás con morriña ni tampoco levanto demasiado la cabeza para alcanzar a ver el horizonte con esperanza. Sencillamente entreabro una nueva puerta preparado para lo que venga, con un paraguas a un lado para los días nublados y unas gafas del sol al otro, para las jornadas radiantes.

Las mudanzas sirven, además de para jurarte a tí mismo que nunca vas a volver a mudarte -soy un pecador reincidente-, para organizar tus recuerdos y etiquetarlos. Los hay que los metería en el cajón desastre, enmarañados entre otros tantos, porque me veo incapaz de librarme de ellos pero no los considero tan importantes como para ofrecerles un rincón mejor. Los hay que corren mejor suerte y los empaqueto con cariño en cajas de diseño, los envuelvo en papel burbuja y los identifico con etiquetas escritas con mi mejor letra.

Lo mejor de los cambios es analizarlos. Te encuentras de bruces con ellos cuando la vida te atropella y te obliga a reordenarte. Y es cuando encuentro mis defectos en un rincón, apartados, desamparados de una solución y lógicamente enojados a la espera de saltar en cualquier momento y encaramarse a mis barbas, dispuestos a ser más voraces que cuando decidí no dedicarles tiempo.

Es entonces también cuando descubro algunas de mis virtudes con una capa de polvo encima que casi ni se les aprecia. Recuerdo la fecha y la mosca que me despistó justo cuando pensaba en lustrar esa capacidad, hoy oxidada. Se dibuja una muesca de pesadumbre en mi rostro, esa que representa la localización de un error y el lamento al darme cuenta de que el reloj ha ido más rápido que mi reacción.

La cerradura de la puerta llama mi atención. Me dirijo hacia ella, me agacho, cierro el ojo derecho y acerco el izquierdo al pequeño orificio por el que apenas entra luz. Veo cosas que jamás pude imaginar que estuvieran detrás de esa puerta. Las veo, pero no las aprecio. Con el tiempo perderán su difuminado y acusaré el golpe, o sentiré la caricia. Me incorporo, cruzo el umbral e introduzco la llave por última vez en la cerradura. Cierro para siempre una etapa mientras que a mi espalda se despliega un abanico de incógnitas sin despejar. Me doy la vuelta y doy el primer paso dispuesto a dar con la fórmula.

Las cosas jamás volverán a ser exactamente como lo han sido hasta ahora y eso me excita.

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