Escribir

foto(1)Escribir puede suponer un sacrificio para un quinceañero inquieto que mira a través de la ventana mientras le explican no sé qué de un siglo de oro, sumergido en sus incómodos pensamientos entre los que intenta descifrar las primeras palabras que toma en serio de una chica; recuenta las pagas que le faltan para alcanzar el dinero que necesita para cambiarle las ruedas a su monopatín y sueña en el día en que no tenga que fichar a las diez en punto en casa de sus “viejos”.

Escribir es, para esa joven abrumada con la continua novedad, una manera de descubrirse a sí misma, de ser escuchada e intentar ser comprendida por ese diario privado, encadenado, sobre el que se desahoga cada noche acompañando el ritual con un baño de lágrimas del que muchas veces desconoce los motivos; un alivio de luto cada vez que siente que su corta vida ha llegado a su fin; una amiga y confidente las noches en las que cree volar por encima de las nubes cuando descubre que la vida también puede reservarle muchas sonrisas.

Escribir equivale a comer y pagar las facturas para ese periodista encerrado en la redacción hasta altas horas de la noche, dividido a diario por ese doble sentir que extrae aporreando el teclado de su ordenador, con vocación inquebrantable examina su texto con detalle, levanta el teléfono y navega por internet; con gran pesar observa el reloj y recrea en su cabeza el brindis nocturno de sus colegas, libres de obligaciones a esas horas, el estreno de esa película que quizás vea cuando esté descatalogada de la gran pantalla, y la mirada taciturna de su pareja a la que encontrará, cuando consiga salir de allí, rendida a Morfeo.

Escribir es su razón de ser para ese escritor comprometido con su historia y sus personajes, a los que admira y odia a la vez, a los que él mismo creó aunque a menudo desea no haberlos creado jamás; esa obra le atormenta y le provoca placer, la rechaza y la ama de igual forma hasta tal punto que confunde lo que es real de lo que es ficción, quijotescamente se aleja de su realidad hasta el punto final cuando, sanchificado, despierta de su dolorosa satisfacción.

Escribir es un impulso, un medio y un fin, una centrifugación de pensamientos que te aleja tanto como se acerca a tu interior. Escribir es sufrir y arrepentirse, es soñar y encandilarse. Escribir es un sinsentido sin haber sentido, además de necesario para llegar a sentir. Es terapéutico y rutinario, una carga y una obsesión. Escribir, como decía Sampedro, es vivir.

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